En la entrada del puerto de Bugia hay un grupo de rocas sumergidas de las que se cuenta una leyenda extraña.
Un joven pastor beréber sacaba a pastar las ovejas de su padre por la escasa vegetación de las colinas costeras. Un día, cuando estaba a punto de llevarlas al corral, se le acercó el terrible Hombre de las Cavernas.
-¿No tienes nada que darme para comer? -le preguntó.
El pastorcilllo lo miró estupefacto.
-Tú, que eres el enemigo de todos los rebaños, ¿acudes precisamente a mí para que te dé de comer? -respondió el pastor.
-Quien fue tu enemigo ayer puede convertirse en tu amigo mañana. Tengo mucha hambre. Ayúdame -dijo con insistencia el Hombre de las Cavernas.
El joven pastor, conmovido y al mismo tiempo atemorizado, le dejó matar una oveja. Pero cuando al anochecer llevó el rebaño al corral, su padre se dió cuenta de que faltaba una.
-¿Dónde está la oveja que falta? -preguntó.
-Se quedó rezagada y el Hombre de la Cavernas se la ha comido -le respondió su hijo.
Pero el padre no aceptó esta excusa. Se imaginó que su hijo habría vendido la oveja y, por ello, le pegó y después le echó de casa. El joven pastor se fue hacia las colinas y pasó gran parte de la noche llorando bajo una higuera.
Al alba, un ruido de piedras le despertó y se encontró de nuevo ante el terrible Hombre de las Cavernas.
-¿Por qué lloras?
-Porque mi padre me ha echado de casa -el chico le contó la injusticia que acababa de vivir.
El Hombre de las Cavernas le dió de comer alguno de los restos de la oveja y le echó una gran capa roja sobre los hombros.
-Tienes frío, pero ahora saldrá el sol y te calentará -dijo el gigante.
Permanecieron así mucho rato, uno junto al otro. Cuando salieron los rayos del sol, el pastor se sintió mejor.
-¿Por qué todos dicen que eres tan malvado? -preguntó.
El Hombre de las Cavernas le miró durante un buen rato antes de responderle.
-Porque es cierto. Soy muy malvado. He perdido el alma. Antes era un hombre como los demás, era marinero. Pero un día, estalló una terrrible tormenta y una ola me arrancó de la nave. Mientras estaba entre las olas pasé mucho miedo y rogué a los dioses del mar que me salvaran. Les llegué a prometer mi alma a cambio de la vida. De repente, la tormenta se aplacó y mi alma ahora está allí abajo, ante el puerto, en una roca escondida bajo las olas -le contó.
Esta narración conmovió al pastor y, unas horas más tarde, mientras volvía al pueblo a buscar un trabajo seguía pensando en ella. Al cruzar una plantación de olivos oyó a dos chicos que estaban peleándose.
-¿Por qué os peleáis? -les preguntó acercándose a ellos.
-Por un bastón. Es un bastón con el que se puede secar el mar -respondieron ellos.
-No tenéis que pelear por eso. Vamos a hacer una cosa: dadme el bastón. Yo me pondré en el límite de la plantación, vosotros iréis hasta la cima de esa colina y, cuando os grite, volvéis corriendo. Quien llegue primero habrá ganado el bastón. ¿Estáis de acuerdo?
Los dos chicos asintieron y se alejaron colina arriba contentos por haber encontrado la solución a la pelea. Mientras iban hacia la colina, el pastor corrió hacia los olivos. Cortó una rama y, tallándola, hizo un bastón idéntico al que secaba el mar. Cuando los dos muchachos llegaron corriendo hasta él, el pastor dió al primero el bastón falso y se quedó con el mágico. Después se dirigió a una playa cercana, pero esperó a que llegaran las sombras de la noche para probar el bastón mágico.
Mientras tanto el Hombre de las Cavernas buscaba al pastor porque quería ayudarle. Como no le encontraba por ninguna parte, empezó a temer por él. Se puso a correr por las colinas llamándole a gritos. Sin embargo, el pastrocito no podía oirle. Había golpeado las aguas con el bastón y éstas se habían abierto. De este modo pudo adentrarse allí donde ningún ser humano había podido penetrar jamás. Una gran roca negra que se veía a lo lejos le atraía como un imán atrae al hierro. Tras una fatigosa caminata, llegó a la roca y la tocó con el bastón mágico.
En ese mismo momento, en las colinas, el Hombre de las Cavernas, que continuaba buscándole desesperadamente, resbaló, se golpeó y permaneció estirado, agonizando.
En medio del mar tuvo lugar un encantamiento. La roca que había sido tocada con el bastón se rompió en mil pedazos y de ella salió una hermosa muchacha. El pastor le preguntó quién era, pero ella no respondió ya que era muda. Tomándola de la mano, la condujo a la orilla mientras el mar iba cerrándose detrás de ellos.
Cuando llegaron a los bosques de las colinas, el pastor oyó por fin la voz del Hombre de las Cavernas que le seguía llamando aunque ya muy débilmente. En seguida lo encontró.
-He ido a buscar tu alma bajo el mar. Aquí la tienes -le dijo.
Le mostró a la muchacha y el Hombre de las Cavernas los miró.
-Es demasiado tarde. Estoy a punto de morir. Acercaos. Aún tengo algo que decir -dijo con lágrimas en los ojos.
Los dos jóvenes se inclinaron y el Hombre de las Cavernas sacó el anillo que la muchacha llevaba en el dedo anular de la mano derecha y lo puso en el dedo del pastor. Al instante la muchacha recuperó la palabra.
-Puedo hablar, puedo hablar... -decía.
-Yo moriré pronto -añadió el Hombre de las Cavernas-. Gracias a ti, pastorcito, puedo decirlo como un hombre bueno. Tú me has devuelto el alma, pero allí donde voy no la necesitaré. Así que te la regalo. Estará contigo en la forma de una muchaha y siempre te protegerá. Te lo mereces porque has confiado en un hombre malvado -dijo antes de morir.
Desde entonces, la roca sumergida no hundió más barcas de pescadores y la bondad venció para siempre sobre el poder diabólico.
Cuento de Arabia